
El calor en Barranquilla a las cuatro de la tarde no es cosa de juego; es una presencia física que se te pega a la nuca apenas sales al corredor. Antes de agarrar la Canon usada que le compré a mi primo, siempre me tomo un vaso de aluminio con agua de panela bien fría —de esa que deja el rastro de escarcha en el metal— para tratar de bajarle dos rayas a la pesadez del ambiente. Es ese momento exacto donde dejo de ser la community manager que responde DMs sobre precios de mochilas y empiezo a ser solo Juliana, la que intenta entender por qué la luz que rebota en el piso de cemento hace que mi tía se vea más joven de lo que ella misma cree.
La luz que pesa y el aire que se siente
No sé si es la humedad relativa del 80% que tenemos por acá, pero la luz en Barrio Abajo parece que tuviera cuerpo. A finales del año pasado, cuando empecé a tomarme esto más en serio, me frustraba que la 'hora dorada' durara un suspiro; aquí el sol no se pone, se cae. Pero he aprendido que ese afán es lo que me obliga a mirar lo que tengo a la mano. En las últimas semanas de junio, me di por sentarme en el piso del corredor a esperar que el sol bajara lo suficiente para que las sombras de las trinitarias empezaran a dibujar mapas en la pared descascarada.
Esa pared, que mi tía siempre dice que tiene que pintar, es mi mejor fondo. No necesito esos telones tiesos que venden en internet. La textura de la pintura que se levanta por el salitre le da una profundidad al retrato que ningún filtro de Instagram puede copiar. A veces me quedo mirando cómo el lente —un 50mm fijo que uso casi siempre en f/1.8 para que el fondo se vuelva una mancha suave— logra captar hasta el polvillo que flota en el aire cuando alguien sacude una mecedora cerca. Es una belleza que está ahí, pero que uno no ve hasta que pone el ojo en el visor.

El truco de no dejar el lente limpio
Uno de los consejos que más me costó procesar de los cursos de Hotmart que hice —de esos que uno pausa a la mitad porque el internet se pone lento o porque simplemente te da sueño— era el de mantener el equipo impecable. Y ajá, hay que cuidarlo, sobre todo por los hongos que salen con este clima, pero en la práctica me di cuenta de algo distinto. Hace un par de sábados, mientras intentaba encuadrar a mi tía, se me ocurrió que el retrato se veía demasiado 'limpio', demasiado digital, como si le faltara el alma de la casa.
Ahí fue cuando me acordé de una idea loca: obstruir el lente. En lugar de buscar que nada se atraviese entre mi tía y la cámara, empecé a meter cosas en el borde del encuadre. Agarré una rama de las trinitarias que cuelgan del techo y la puse pegadita al cristal del lente. No para que saliera la rama, sino para que creara una mancha de color fucsia desenfocada que enmarcara su rostro. Esa imperfección deliberada le da una narrativa a la foto; te dice que estamos en un patio, que hay vida alrededor, que no es un estudio frío en algún edificio de oficinas.
Si te animas a probar esto, te vas a dar cuenta de que el 50mm es perfecto para esto porque, al ser un lente que no hace zoom, te obliga a moverte tú. Te toca acercarte a la reja, pegarte a la pared, o incluso disparar a través del tejido de una mecedora de mimbre. Esos huequitos del tejido crean un patrón de luz y sombra que, si lo sabes poner sobre el sujeto, te ahorra cualquier edición complicada después. Yo misma lo aprendí a las malas, pero dominar el modo manual para lograr retratos con fondos desenfocados me dio la libertad de decidir qué tanto de ese caos del corredor quería que se viera.

Sombras que cuentan historias en la piel
Durante los días de Carnaval, cuando el ruido de la calle no dejaba ni pensar, me encerré con mi tía en el corredor. Ella estaba cansada, se notaba en la forma en que sus hombros caían. En vez de pedirle que se enderezara, aproveché la sombra de la reja de hierro del portón. Esa reja tiene unas curvas coloniales bien bonitas, y cuando el sol le pega de lado, proyecta unas líneas negras sobre la cara que parecen maquillaje de película antigua.
Me di por dejar que la sombra le cortara el rostro a la mitad. Al principio pensé que era un error, que la cara debía estar despejada, pero me quedé mirando la pantalla de la cámara —esa Canon viejita que a veces se recalienta— y vi algo distinto. La sombra acentuaba el surco de sus ojos y la forma de su mandíbula. Fue en ese momento cuando mi tía soltó un suspiro largo y bajó los hombros justo cuando el visor de la cámara encuadraba su perfil contra la pared. No hubo pose, solo fue ella descansando del calor. Ese es el poder de usar los elementos del corredor: no son solo adornos, son herramientas para guiar la mirada hacia lo que importa.
A veces me pongo a pensar que si tuviera un equipo de luces profesional, quizás no me esforzaría tanto en buscar el ángulo donde el reflejo de la ventana de la vecina le da un brillo especial a los ojos. La limitación te hace creativa por obligación. En este entorno, donde el aire es pesado y la luz es caprichosa, cada elemento —desde una cortina vieja que vuela con la brisa hasta el marco de madera de la puerta principal— es una oportunidad para enmarcar el retrato de una forma que nadie más podría.

El reflejo inesperado en el piso de baldosa
Otra cosa que he descubierto ensayando estos sábados es el valor de las baldosas. Mi tía tiene de esas baldosas antiguas, de las que tienen dibujos geométricos y que siempre están un poquito húmedas por el trapero. Cuando el sol entra de frente al corredor, el piso se convierte en un espejo difuso. Me ha dado por disparar desde muy abajo, casi poniendo la cámara en el suelo, para captar ese reflejo que sube hacia el mentón de quien esté sentado.
Esa luz de rebote es una vez la vi en un video de YouTube, pero el tipo hablaba de usar rebotadores de seda carísimos. Yo lo que tengo es el piso de la casa. Esa luz que viene desde abajo ablanda las facciones de una manera increíble. Es como si el corredor mismo estuviera ayudándome a que la persona se vea más tranquila. De hecho, he notado que cuando la gente se ve reflejada de esa manera tan suave, se relaja más rápido. Es algo que siempre trato de aplicar porque relajar a la persona en un retrato para captar expresiones naturales es la mitad del trabajo, la otra mitad es no dejar que el sudor te empañe el visor.
No te afanes si no tienes el fondo perfecto. A veces, una cortina de esas que dejan pasar solo un poquito de luz —lo que llaman 'luz tamizada' en los módulos de Hotmart que sí terminé— puede crear un ambiente de misterio que una pared lisa jamás te daría. El secreto está en dejar de ver el corredor como el sitio donde guardas las bicicletas o donde se cuelga la ropa, y empezar a verlo como un escenario lleno de capas.

Anotaciones al margen de una tarde de sábado
Al final de la jornada, cuando ya el sol se fue y solo queda ese azul oscuro en el cielo, me siento a revisar las capturas. Anoto la hora en la libreta porque, como community manager, tengo ese tic de registrarlo todo para saber cuándo la luz fue mejor. Pero la verdad es que la mayoría de las veces el éxito de un retrato en el corredor es pura casualidad y persistencia. Es el resultado de haber esperado a que la sombra de la trinitaria se moviera dos centímetros a la izquierda o de haber puesto un vaso de agua cerca del lente para crear un reflejo extraño.
He aprendido que no necesito un estudio en el norte de la ciudad ni luces led de colores. Tengo la luz lateral que entra por la puerta, que es tan suave que parece que abrazara a mi tía cada vez que le pido 'mírame un momentico, así, sin sonreír'. Esa mandíbula que se ablanda, esa mirada que se pierde en la calle mientras yo busco el foco perfecto, eso es lo que me hace volver a agarrar la cámara cada sábado después de la jornada de trabajo.
Si estás empezando con una cámara usada y sientes que tu casa no es 'fotogénica', te digo: fresco. Sal al corredor, tómate algo frío y quédate quieto mirando cómo se mueve la luz. Te vas a sorprender de cuánta magia hay en una reja oxidada o en una pared vieja cuando dejas de pelear con ellas y empiezas a usarlas para contar lo que ves. La creatividad no es tener lo mejor, es saber qué hacer con lo que ya está ahí, esperando a que lo encuadres.
