
Eran pasaditas las cuatro y el sol de Barranquilla ya no estaba quemando, pero la pared de la casa de mi tía en Barrio Abajo todavía soltaba un calorcito pesado, de esos que te ponen la frente brillante en cinco minutos. Tenía el agua de panela con hielo al lado, sudando igual que yo, y mi tía sentada en su mecedora de mimbre, con esa bata de flores que usa los sábados. Yo ahí, con la Canon usada que le compré a mi primo en marzo del año pasado, tratando de que la cámara entendiera que yo quería verle los ojos a ella, no las grietas de la pared del fondo. Pero nada, el modo automático es terco como él solo y me sacaba nítido hasta el último cable de la calle.
Una nota antes de seguir bajando: en este diario casi todos los enlaces a cursos o materiales que menciono son enlaces de afiliada de Hotmart. Si compras algo desde acá, una comisioncita le llega a Semblara para seguir manteniendo el blog y a ti el precio te queda igualito. Por aquí solo aparecen cursos que abrí de verdad, como el de Fotografía Profesional, módulos que vi una sola vez mientras esperaba que se secara el piso o materiales que pasaron por mi cámara al menos un sábado. Si no aclaro lo contrario, da por hecho que el enlace es de afiliada.
Llevo ya un año y pico en esto, dándole vueltas al retrato, y ese sábado me dio por fin por mover el dial a la 'M'. Me daba un miedo miedoso, porque uno se acostumbra a que la tecnología haga todo, pero la verdad es que si quieres ese fondo que parece mantequilla —el famoso bokeh—, tienes que tomar el mando. No hay de otra. Ese día, mientras sentía el clic metálico y seco de mi Canon vieja resonando en el corredor silencioso, entendí que el modo manual no es para dárselas de experta, sino para dejar de pelear con lo que la cámara cree que es importante.
El bendito número f y el secreto del desenfoque
Lo primero que tuve que masticar bien fue el tema de la apertura. En los vídeos de YouTube te lo dicen mil veces, pero hasta que no estás ahí, con el ojo pegado al visor y el cuello doliéndote por inclinarte buscando el ángulo donde la luz de la calle no le queme la frente a tu modelo, no te cae el veinte. Yo tengo un lente fijo que me prestaron, uno que tiene una apertura de diafragma máxima de f/1.8. Entre más bajito es ese número, más grande se abre el huequito del lente y más se borra lo que está atrás.

Pero fíjate que ahí es donde está la trampa. Al principio yo pensaba que era solo poner f/1.8 y ya, magia. Pero resulta que mi cámara no es de esas carísimas de sensor completo. La mía tiene un factor de recorte de 1.6x porque es sensor APS-C. Eso significa que mi 50mm se comporta más como un 80mm, y eso cambia la distancia a la que me tengo que parar. Si me acerco mucho, solo le saco nítida la punta de la nariz y los ojos se le borran. Ese sábado aprendí que para que el fondo se vea suave, tía Esperanza tenía que estar lejos de la pared, y yo no tan pegada a ella. Es como un baile entre las tres cosas: la pared, ella y yo.
Después de varias sesiones en el corredor, me di cuenta de algo que no te dicen en los tutoriales rápidos de Instagram: si usas siempre la apertura más amplia (el f/1.8), a veces la foto sale un poquito 'fofa', sin fuerza en los detalles. Me dio por cerrar un pelín, a f/2.2 o f/2.8, y ¡tremenda foto! El fondo seguía viéndose borroso y bonito, pero las pestañas de mi tía se veían tan claritas que se podía contar cada una. A veces, cerrar un paso mejora la nitidez del sujeto sin sacrificar esa estética cremosa que uno busca. Menos es más, hasta en el desenfoque.
La velocidad y el ISO: los compañeros silenciosos
Claro que si abres mucho el diafragma para desenfocar, entra un viaje de luz. Y en Barranquilla, luz es lo que sobra. Si no controlas los otros dos lados del triángulo, la foto te sale blanca como un coco. Ahí fue cuando me acordé de un módulo que vi en el curso de Fotografía Profesional sobre la obturación. Como yo no uso trípode porque me gusta moverme y buscarle el lado a la tía, aprendí que no puedo bajar de cierta velocidad si no quiero que la foto salga movida.

Ese día me puse una regla: velocidad de obturación mínima de 1/125. Con eso me aseguro de que el pulso no me traicione, especialmente cuando ya me empieza a pesar la cámara después de una hora de estar inventando encuadres. El ISO lo dejé quietecito en 100, porque con ese solazo de las cuatro de la tarde, no necesitaba forzar el sensor para nada. Es increíble cómo, una vez que entiendes que estos tres valores se hablan entre ellos, dejas de adivinar y empiezas a decidir. Si quieres saber más sobre cómo organizar tus tardes de práctica, a veces me sirve repasar mi rutina de fotografía de retrato aficionada durante las tardes de sábado para no llegar al corredor sin idea de qué hacer.
Lo bonito de Barrio Abajo es que las casas tienen esos techos altos y los corredores son frescos, pero la luz cambia rapidito. Hubo un momento en que una nube tapó el sol y de repente la foto me salió oscura. En automático, la cámara hubiera disparado el flash y me hubiera dejado a la tía como un fantasma. En manual, simplemente bajé un poco la velocidad o abrí un poco más el diafragma. Es esa sensación de control lo que te hace sentir que ya no solo estás 'tomando fotos', sino que estás haciendo un retrato de verdad.
Aprender a mirar antes de disparar
A finales de abril, después de varias sesiones frustrantes donde el fondo no me convencía, entendí que el modo manual no hace milagros si el fondo es feo de por sí. Por mucho que desenfoques, si hay una bolsa de basura o un carro mal parqueado, se va a notar una mancha rara que distrae. Por eso ahora me tomo el tiempo de elegir bien dónde siento a la tía. Me sirve mucho aplicar las reglas de composición en fotografía de retrato para que, incluso con el fondo borroso, la foto tenga equilibrio.

Me gusta cómo se le ablanda la mandíbula a mi tía cuando dejo de pelear con los botones y le pido 'mírame un momentico, así, sin sonreír'. Es en ese segundo, cuando ya la técnica está resuelta en mi cabeza, que puedo captar lo que ella es. Si todavía estuviera en automático, estaría pendiente de si la cámara enfocó la oreja o el fondo, y me perdería ese gesto de paz que ella pone cuando se olvida de que hay una lente apuntándole. Lograr que alguien se vea natural es un arte aparte, y a veces me toca recordar cómo relajar a la persona en un retrato para que no parezca que está posando para la cédula.
Hace unas pocas semanas, revisando las fotos en la laptop, me di cuenta de cuánto he avanzado desde marzo del 2025. Ya no me da pánico el modo manual. Al revés, me hace falta. Me falta esa libertad de decidir qué tanto quiero que se note el patio del fondo. No busco clientes, no tengo página, pero ver esa foto de mi tía con el fondo suave y su mirada nítida, me da una satisfacción que no me da el trabajo de community manager en toda la semana. Es un respiro entre tanto DM y tanto post planeado.
Si estás empezando con una cámara usada como yo, no le tengas miedo a la 'M'. Empieza por entender tu lente, por ver hasta dónde abre ese diafragma y por jugar con las distancias. Si te sirve de algo, el curso de Fotografía Profesional es un buen lugar para sentar las bases sin que te hablen en chino. Al final, se trata de que la cámara sea una extensión de tu ojo, no un estorbo entre tú y la persona que tienes enfrente. Y si te queda un tiempo libre, échale un ojo a los otros cursos que he ido guardando, como De cero a CRACK en Fotografía, por si algún día te da por tomarte esto más en serio que yo. Por ahora, yo me quedo con mis sábados de agua de panela y retratos en el corredor, aprendiendo a mi ritmo, un clic a la vez.