
Eran pasaditas las cuatro de la tarde cuando el sol de Barrio Abajo empezó a pegar de costado contra el portón oxidado de mi tía. Yo estaba ahí, con mi Canon usada que apenas terminé de pagar hace unos meses, tratando de enfocar la comisura de sus labios mientras ella me contaba algo de una vecina. De repente, lo vi. Un punto negro, mínimo, pero estático en el visor. Soplé el espejo, soplé el lente, y nada. Sentí un frío en el estómago que no era por el agua de panela: era el miedo al hongo, ese fantasma que te dicen que se come los cristales si vives en una ciudad donde el aire se siente como una sábana mojada.
El miedo al punto negro en el paraíso del 80% de humedad
Vivir en Barranquilla es una maravilla para los colores y la luz, pero para una cámara réflex de segunda mano es como meterla en un spa de vapor perpetuo. Aquí la humedad relativa promedio ronda el 80%, y eso es el caldo de cultivo perfecto para que cualquier espora que ande dando vueltas decida hacer nido en tu equipo. Cuando compré la cámara en marzo del 2025, mi primo me la entregó con un estuche de lona que, al abrirlo después de una semana de lluvia el año pasado, soltó ese olor a polvo viejo y encierro que te avisa que algo no va bien.
Ese olor fue mi primera señal de alerta. Yo no soy técnica ni pretendo serlo; soy la que pasa el día respondiendo DMs en el trabajo y solo quiere que sus fotos del sábado queden nítidas. Pero ver ese puntito en el visor me mandó directo a revisar los módulos de un curso de Hotmart que había dejado a medias. Uno de los videos hablaba de la prevención, pero no te explicaba el susto que da ver la primera mancha. Me di cuenta de que mi cámara, al ser usada, ya traía su propia historia de partículas acumuladas, y que si no aprendía a limpiarla yo misma, la inversión se me iba a deshacer en las manos antes de que terminara el 2026.

El kit básico y el primer encuentro con el espejo
Lo primero que hice fue dejar de usar la punta de mi camiseta para limpiar el lente. Parece obvio, pero cuando estás en el calor del momento en el corredor y ves una huella, la tentación es grande. Me compré un kit de limpieza básico: una pera de aire que parece un juguete, un pincel suave y unos paños de microfibra que guardo en una bolsa hermética para que no agarren el polvo de la casa. Limpiar una réflex no es como limpiar una ventana; requiere un pulso que yo no sabía que tenía hasta que me tocó enfrentar el espejo.
Recuerdo un sábado de calor intenso, después de una sesión donde mi rutina de fotografía de retrato aficionada se vio interrumpida porque el sudor me nublaba la vista. Me senté en el comedor, puse una luz blanca fuerte y abrí la cámara. Sentí el pulso acelerado y el sudor en las manos al pasar por primera vez el hisopo por el espejo de la cámara. Es una sensación de vulnerabilidad total, como si estuvieras operando a corazón abierto a una amiga. El hongo todavía no estaba ahí, pero el polvo sí, y ese polvo es el que retiene la humedad que luego deja que las esporas crezcan entre los 20-30°C, que es básicamente la temperatura de mi cuarto todo el día.
La telaraña blanca y el error del alcohol
Hace un par de meses, el susto pasó de ser un punto en el visor a una pequeña telaraña blanca en el borde interior de mi 50mm. Fue un golpe seco. Si no sabes por qué el lente 50mm es el mejor para retratos de aficionados, te diré que es por esa claridad que da, pero esa misma claridad hace que cualquier hongo se vea como una grieta en el alma del equipo. Corrí a buscar soluciones y casi cometo el error que muchos cometen por desespero: bañar el lente en alcohol.
Aquí es donde aprendí algo que no te dicen los tutoriales rápidos de YouTube. Usar alcohol isopropílico es necesario, pero tiene que ser al 99% y con una moderación extrema. Mi intuición de hobbyist me decía que mientras más limpio, mejor, pero resulta que limpiar obsesivamente las lentes con alcohol puede desgastar el recubrimiento protector del vidrio. Ese recubrimiento químico es lo que evita reflejos raros, y si lo quitas a punta de frotar, dejas la superficie más porosa. Irónicamente, un vidrio sin recubrimiento es mucho más vulnerable a que los hongos se agarren y empiecen a 'digerir' el material, dejando marcas permanentes llamadas etching.

Cómo lo hago yo ahora (sin pánico)
Después de ese susto con la telaraña —que afortunadamente estaba por fuera y pude quitar con cuidado—, mi proceso de limpieza se volvió casi religioso. No se trata de frotar fuerte, sino de ser constante. Uso la pera de aire para sacar lo más grueso, luego el pincel para los bordes del sensor (con la cámara mirando hacia abajo para que la gravedad me ayude) y solo si veo una mancha de grasa uso una gota mínima de líquido especial en un hisopo de punta plana.
He aprendido a notar cuándo el aire de Barranquilla está especialmente pesado. Si la sesión en el corredor de mi tía fue muy húmeda, no guardo la cámara enseguida en la mochila. La dejo un rato en un ambiente ventilado —con aire acondicionado si se puede— para que suelte la humedad que absorbió el cuerpo de plástico y goma antes de encerrarla.

El ritual de la silica gel y la caja hermética
El mayor aprendizaje de este año y pico con la Canon no ha sido técnico, sino de logística casera. Como no tengo presupuesto para un gabinete deshumidificador electrónico, me armé mi propia versión con una caja plástica de esas que cierran con clips y un buen montón de silica gel. Pero ojo, que no sirve cualquier bolsita que encuentres en una caja de zapatos vieja. Esas ya suelen estar saturadas de humedad y no hacen nada.
Uso silica gel naranja. Me gusta porque cambia de color cuando ya no puede absorber más, avisándome que es hora de meterla al hornito o cambiarla. Es mucho más segura que la azul, que dicen que tiene componentes tóxicos. Poner la cámara ahí cada noche es lo que me da la tranquilidad de que, mientras yo duermo con el ventilador a toda mecha, los cristales de mi lente están en un ambiente seco. Es parte de lo que luego me permite aplicar mi retoque fotográfico para principiantes buscando un look natural sin tener que estar borrando manchas digitales que en realidad son moho en el sensor.

La luz como medicina preventiva
Hay un consejo que me dio un señor que arregla relojes en el centro y que me ha servido más que tres cursos de Hotmart que empecé y nunca terminé: la cámara que se usa no se pudre. Los hongos aman la oscuridad y el aire estancado. Si dejas tu réflex guardada tres meses en el clóset porque 'no has tenido tiempo', le estás firmando la sentencia de muerte en el Caribe.
Sacar la cámara a que le dé la luz del día, incluso si no vas a hacer una sesión completa, ayuda. La exposición moderada a la luz UV es un desinfectante natural. Por eso, aunque a veces me dé pereza o el trabajo de community manager me tenga seca la cabeza, me obligo a sacarla cada sábado. Prefiero lidiar con el calor de Barrio Abajo y el sudor en las manos limpiando el cuerpo de la cámara después, que volver a ver esa manchita blanca creciendo en el cristal. Al final, cuidar esta Canon usada es cuidar la forma en que veo a mi tía a través del visor, asegurándome de que nada se interponga entre su mandíbula suave y mi encuadre.