
El sudor frÃo del vaso de agua de panela me resbala por la muñeca mientras termino de armar el bolso. Son las tres y pico de la tarde en Barranquilla y el calor no es solo una temperatura, es una presencia que te abraza y te pesa en los párpados. De lunes a viernes mi mundo se encoge al tamaño de una pantalla de celular, respondiendo DMs y cuadrando grillas para una pyme de artesanÃas, pero los sábados el aire cambia. Agarro mi Canon de segunda mano âesa que me vendió un primo cuando se fue del paÃs en marzo del año pasadoâ y camino esas cuadras cortas hasta la casa de mi tÃa en Barrio Abajo. El clic seco del obturador de mi Canon vieja mezclándose con el sonido de un picó lejano que suena en algún rincón del barrio es, honestamente, el único momento de la semana en el que siento que el tiempo me pertenece.
Antes de que nos metamos de lleno en los encuadres y las sombras, una cosita: en este diario casi todos los enlaces a cursos o materiales que menciono son de afiliada de Hotmart. Si terminas comprando algo por ahÃ, una comisioncita le llega a Semblara y a ti el precio te queda igualito. Yo solo pongo aquà cosas que he abierto de verdad, módulos que a veces vi una sola vez y cerré porque no entendÃ, o materiales que ya pasaron por mi cámara un sábado cualquiera. Si no aclaro lo contrario, asume que el enlace es de afiliada.
El ritual del vaso sudao y el peso al hombro
Mi rutina no empieza con configuraciones técnicas, sino con el silencio del corredor de mi tÃa. Ella ya sabe. Saca su mecedora, se acomoda la bata y me espera con un abanico de mano. Yo me tomo mi tiempo. No tengo afán de ser profesional ni de montar un estudio con luces que cuestan lo que gano en tres meses. Mi equipo es modesto: un sensor APS-C de 22.3 x 14.9 mm que a veces sufre cuando la luz empieza a escasear, y el lente de kit, ese 18-55mm que todo el mundo critica pero que a mà me ha enseñado a mirar.

Al principio, me daba una pena tremenda pedirle a la gente que se quedara quieta. SentÃa que les robaba el tiempo. Pasé tres sábados seguidos sacando fotos borrosas porque no entendÃa la relación entre la velocidad de obturación y el pulso de mis manos. Pensaba que la cámara estaba dañada, pero era yo, que no sabÃa que con un lente que abre máximo a f/3.5, cualquier movimiento en la sombra del corredor se vuelve un fantasma. Fue frustrante, de esas veces que quieres guardar la cámara en el clóset y no sacarla más, pero después me dio por leer un poco más y entender que mi pulso no es de cirujana y que necesito más luz de la que creÃa.
De lunes a viernes, el mundo es un DM; el sábado es luz
Trabajar como community manager te quema la cabeza de una forma silenciosa. Estás todo el dÃa pendiente de la métrica, del algoritmo, de que si el post se subió a la hora que era. Por eso, cuando llego a Barrio Abajo, apago las notificaciones. No busco clientes, no tengo página de 'Juliana Photography', ni me interesa. Solo me gusta ver cómo la luz rebota en las paredes de colores âese azul turquesa que tÃa tiene en la entrada es una bendición para la pielâ y cómo las sombras se van alargando.
A veces, cuando me siento muy perdida, abro el curso de FotografÃa Profesional que estoy haciendo. Me gusta porque no me presiona a volverme una experta de la noche a la mañana. Hubo un módulo sobre la composición que vi como tres veces antes de entender qué carajo era la regla de los tercios en un retrato real y no en un dibujo. Lo bueno de ser aficionada es que si una foto sale mal, no le debo explicaciones a nadie, solo a mi propia paciencia. Si quieres ver cómo otros manejan esto de aprender en los ratos libres, te recomiendo leer sobre cómo pasar de cero a crack en fotografÃa practicando los fines de semana.

El laboratorio de baldosas y paredes de colores
El corredor de mi tÃa es mi estudio favorito. Tiene ese piso de baldosa hidráulica que siempre está frÃo y unas paredes que han visto pasar décadas. La luz ahà es caprichosa. En Barranquilla, la hora dorada es un suspiro; tenemos apenas unos 30 minutos de esa luz naranja y suave antes de que el sol se hunda y todo se vuelva azul oscuro. Es una carrera contra el reloj, pero una carrera sabrosa.
He aprendido que los retratos no se tratan de que la persona salga 'bonita' según el estándar de Instagram. Me dio por anotar en un cuadernito viejo las horas en las que la luz entra de costado. He descubierto que a las cuatro y media, la luz golpea el portón oxidado y crea un rebote cálido que le quita diez años de encima a cualquiera. Pero claro, para llegar a eso tuve que cometer todos los errores comunes al tomar fotos de retrato en el corredor de casa, como poner a la gente justo debajo del bombillo de la terraza, que deja unas ojeras que ni el mejor corrector de maquillaje quita.

El caos de los pelaitos: cuando la sesión se vuelve guerrilla
Aquà es donde la rutina se me descarrila, y la verdad, es la parte que más me ha enseñado. Mi tÃa tiene nietos, y mis primas a veces caen con los pelaitos justo cuando yo estoy tratando de lograr 'la gran obra'. Si tienes niños cerca, sabes que la planificación de la luz se va para el estanco. Ellos no se quedan quietos, no miran al lente, y lo único que quieren es jugar con la correa de la cámara.
Al principio me estresaba. QuerÃa ese retrato perfecto, estático, tipo pintura al óleo. Pero la realidad de una tarde de sábado en el Caribe es otra. He tenido que aprender una fotografÃa reactiva, de improvisación total. He pasado de buscar el encuadre perfecto a disparar en ráfaga mientras uno de los niños salta sobre la mecedora. Y saben qué, a veces esas son las fotos que más me gustan. Tienen una vida que no logras cuando le pides a alguien que pose. He aprendido a domar la luz en movimiento, algo que apenas mencionan en el curso de FotografÃa de Retrato con Luz Natural, porque asumen que tu modelo te va a hacer caso. En la vida real, tu modelo tiene cinco años y un helado derritiéndose en la mano.

Lo que se queda en la tarjeta SD después del atardecer
Cuando el sol se va del todo y el calor empieza a ceder un poquito, nos sentamos a ver las fotos en la pantallita de la Canon. Esa pequeña punzada de orgullo en el pecho cuando amplÃo la foto en la pantalla LCD y veo que logré enfocar exactamente el iris de mi tÃa es mejor que cualquier 'like' en el trabajo. No necesito ser 'profesional' para que este momento de quietud con mi cámara sea la parte más importante de mi semana. Es mi cable a tierra.
A veces me quedo un rato más, ya sin cámara, solo escuchando a mi tÃa contar historias de cuando el Barrio Abajo no tenÃa pavimento. Me doy cuenta de que la fotografÃa me ha dado una excusa para mirar más de cerca a la gente que quiero. Si estás empezando y te sientes abrumada por tanta técnica, fresco. La técnica se aprende, pero el ojo se entrena es estando ahÃ, sudando la gota gorda y esperando a que la mandÃbula de alguien se ablande.

Si alguna vez te pica la curiosidad de intentar esto, no esperes a tener la cámara del año ni el set perfecto. Empieza con lo que tengas, incluso si es un lente de kit que se queda corto. Si te atascas con la edición, hay opciones económicas como este Curso de Retoque Fotográfico que te ayudan a rescatar esas fotos que quedaron un pelÃn oscuras por el afán del atardecer. Al final del dÃa, lo que importa no es si la foto es perfecta, sino que el sábado que viene vas a querer volver a apretar el botón.