Semblara

Mi rutina de fotografía de retrato aficionada durante las tardes de sábado

Nota: algunos enlaces de este texto son de afiliada. Si haces clic y terminas comprando, puedo recibir una comisión pequeña, a ti el precio te queda igual.

La grieta que parte en dos la baldosa blanca del corredor de mi tía es lo primero que busco cuando llego a Barrio Abajo con la cámara al hombro, ese pedazo de piso me avisa dónde va a caer la luz de la tarde antes de que arme nada. Este hobby creativo de retrato con luz natural se volvió costumbre entre semanas completas de responder mensajes para una pyme de artesanías, y los sábados dejaron de sentirse como un experimento de fotografía para principiantes para volverse casi un procedimiento fijo: el mismo corredor, las mismas dos mecedoras pintadas de verde, la misma pared encalada que separa el corredor del resto de la casa. Barranquilla mete su propio ingrediente en todo esto — el calor pegajoso de la tarde se siente en la piel antes de que uno vea el sol bajar, y esa humedad decide tanto como la luz misma cuánto va a durar la sesión.

Casi todos los cursos que menciono aquí llegan por enlaces de afiliada de Hotmart — si compras algo por uno de ellos me llega una comisión y a ti el precio no te cambia en nada. Solo aparecen materiales que de verdad abrí un sábado cualquiera, incluidos los que cerré a la mitad porque no logré entender nada.

Antes de salir de casa reviso tres cosas

Salgo del apartamento con el bolso ya armado, y hay tres cosas que reviso sin falta antes de cruzar las cuadras hasta la casa de mi tía. La batería primero — nada arruina más rápido una tarde de retrato que quedarse sin carga justo cuando una pose por fin funciona. La tarjeta de memoria vacía después, porque entre semana uso la misma cámara para fotos sueltas del trabajo y se me olvida bajar el material antes del sábado. Y algo frío para tomar, porque el corredor no tiene aire acondicionado ni ventilador que alcance, y pasadas un par de horas el sudor empieza a jugarme en contra del pulso con la cámara en la mano.

Cámara réflex de segunda mano junto a un vaso de agua de panela, preparativos de una sesión de retrato con luz natural para principiantes

De la cámara en sí no voy a hablar mucho — es una Canon usada que me vendió un primo antes de irse del país, con un sensor que sufre apenas la luz empieza a escasear y un lente de kit que todo el mundo critica pero que a mí me enseñó a mirar. Lo que hay que revisar antes de comprar una cámara así de segunda mano ya lo conté en otro texto; aquí lo doy por sabido y sigo de largo.

El curso que sigo abriendo los domingos, aunque no siempre lo entienda a la primera

Ahora mismo estoy metida en el curso de Fotografía Profesional, y lo abro más los domingos en la noche que entre semana — no porque quiera volverme profesional, sino porque el precio se ajusta a lo que gana una hobbyist sin intención de cobrarle a nadie y la cobertura es general, sin obligarme a un enfoque que no me interesa. Hubo un módulo sobre composición que tuve que repetir varias veces antes de que la regla de los tercios dejara de sonarme a teoría de manual y empezara a verse en un retrato real, con una persona sentada respirando, no en un dibujo.

Esta rutina de sábado, la que estás leyendo ahora, es más bien la foto fija de lo que queda cuando el aprendizaje se vuelve costumbre — el relato completo de cómo se llega hasta acá ya está contado en otro texto sobre cómo pasar de cero a crack en fotografía practicando los fines de semana, y no pienso repetirlo aquí frase por frase.

Pantalla LCD de la cámara mostrando un retrato con luz natural de una mujer en la mecedora del corredor

Cómo leo la luz del corredor sin perder la costumbre

Este corredor no tiene ventana como tal — lo único que deja pasar la luz es el vano abierto hacia el patio, y ese hueco es mi única fuente de trabajo cada sábado. Sé reconocer cuándo la hora dorada de Barranquilla empieza a cerrarse sin necesitar reloj para confirmarlo: el aire se pone más denso, el turquesa de la pared pasa a un tono más anaranjado, y ahí sé que me quedan pocos minutos de luz útil. Diferenciar contraluz de luz rasante, o decidir el momento exacto en que conviene correr a alguien medio metro hacia la pared, es un tema que ya desarrollé completo en otro lado — aquí solo cuento que esa lectura, que antes me tomaba media tarde de prueba y error, ahora me toma lo que dura acomodar la mecedora.

De esos tropiezos salió casi todo lo que después reuní en un texto aparte sobre los errores comunes al tomar fotos de retrato en el corredor de casa. Uno que no está en esa lista y que sigo cargando: subir el ISO a 3200 para intentar salvar las sombras más oscuras del corredor cuando la luz ya casi se había ido, con la esperanza de rescatar un rostro que se me estaba quedando negro. La imagen se veía bien en la pantallita, pero al ampliarla en la computadora el grano se comía cualquier detalle de la piel — ese archivo no sirvió ni para mandarlo a imprimir de recuerdo.

Pared turquesa con luz de atardecer en un patio de Barranquilla, ejemplo de retrato con luz natural en un corredor

Dirigir a quien nunca ha posado, aunque sea de familia

Dirigir a alguien que nunca ha posado es casi todo el oficio de este corredor, y es un tema tan amplio que merece su propio espacio aparte — aquí solo cuento cómo se ve en la práctica con mi tía y con las vecinas que se van sumando. A Yolima Torregroza, vecina de mi mismo bloque, le cuesta quedarse quieta frente al lente porque tiene un humor seco que se le escapa por la comisura de la boca justo cuando el obturador dispara, y hay que estar lista para ese segundo exacto porque no se repite igual. Aidé Verbel, vecina de mi tía que ya se ha sentado tres veces en esa misma mecedora, siempre pregunta si salió bien antes de que yo le muestre la pantalla — nunca después, siempre antes.

Fue con ella, en una de esas sesiones, cuando le pedí que bajara apenas la barbilla hacia el pecho y vi cómo la sombra se le acomodaba justo debajo del mentón, sobre el cuello, dándole a la cara un volumen que en las fotos anteriores simplemente no aparecía. Cuando entran los pelaitos de la familia la rutina se rompe del todo: no se quedan quietos, no miran al lente, y lo único que quieren es jugar con la correa de la cámara. Ahí toca soltar el plan y disparar en ráfaga mientras alguien corre por el corredor, y aceptar que esas fotos con vida propia casi nunca se parecen a lo que uno tenía pensado armar.

Niño corriendo por el corredor soleado, desenfoque de movimiento durante una sesión de retrato aficionada

Para esas sesiones más caóticas, con luz natural que cambia de un momento a otro, tengo abierto el curso de Fotografía de Retrato con Luz Natural, aunque casi nunca sirve tal cual está planteado — asume que el modelo va a hacer caso, y en la vida real mi modelo tiene cinco años y un helado derritiéndose en la mano.

Lo que reviso en la pantalla antes de guardar la tarjeta

Antes de que cualquiera se acomode en la mecedora repaso mentalmente el mismo trío de siempre — ISO, velocidad de obturación, apertura — sin pararme a explicar por qué funcionan juntos, esa teoría ya quedó cubierta en otro texto y aquí solo la uso como lista rápida. Tampoco sigo ningún esquema de luz con nombre propio los sábados; lo de Rembrandt o la mariposa lo dejo para cuando alguien me pregunte directamente, porque en este corredor trabajo con lo que hay, no con lo que dicta un manual. Y sobre por qué cierto largo focal favorece más un retrato que otro con el lente de kit que tengo, esa discusión también la resuelvo en otro artículo — aquí ya la di por superada.

La mecedora de palo verde truena bajito cuando alguien suelta por fin el aire que venía aguantando para la foto, y esa es la señal de que la pose de más se le acaba de caer sola — ahí disparo. Cuando el sol se va del todo nos sentamos un rato a revisar en la pantalla de la Canon, y esa punzada de orgullo al ampliar la imagen y ver que el enfoque cayó justo sobre el iris vale más que cualquier métrica del trabajo. Si algo salió con las sombras muy cargadas o el balance de blancos torcido por el atardecer, guardo el archivo para abrir el Curso de Retoque Fotográfico entre semana — es de los más baratos del catálogo y me ha servido más de una vez para rescatar una toma que por el afán del atardecer quedó más oscura de lo que quería.

Primer plano de la pantalla de la cámara enfocando el iris de un ojo, revisión final de un retrato con luz natural

No hace falta que tengas la cámara del año ni que montes un set perfecto para arrancar con algo parecido — un lente de kit que se te queda corto alcanza para entender cómo se comporta la luz en un espacio cerrado. Lo único que de verdad importa, sábado tras sábado, es que te den ganas de volver a ese mismo corredor y apretar el botón otra vez.

Artículos relacionados