Semblara

Pasos para organizar una sesión de fotos de retrato siendo aficionado

El calor en Barrio Abajo no perdona ni cuando el sol empieza a caer, pero ese bochorno tiene algo que me ayuda a ver la luz de otra forma. Son las cuatro de la tarde de un sábado de finales de julio y el reflejo en la pared turquesa de la casa de mi tía está pegando justo donde ella tiene la mecedora. Yo acabo de soltar el celular —donde pasé toda la mañana respondiendo DMs de la pyme para la que trabajo— y ahora siento el peso de la Canon que le compré a mi primo en marzo del 2025. Está un poco rayada, pero me gusta cómo se siente en las manos mientras espero que el aire se mueva un poquito.

Organizar una sesión cuando uno es aficionado no tiene nada que ver con lo que sale en los vídeos de gente con estudios en Nueva York. Aquí la logística es que mi tía no se me duerma antes de que yo logre configurar el ISO, y que el olor a plátano frito que viene del patio no me distraiga tanto como para olvidar quitarle la tapa al lente. Llevo año y pico en esto, dándome golpes con los módulos de Hotmart que a veces entiendo y otras veces dejo por la mitad porque me parecen un enredo, pero he aprendido que el orden sí importa, incluso si la sesión es solo por el gusto de ver cómo la luz le cambia la cara a la gente que uno quiere.

La preproducción entre tintos y batas de flores

Muchos dicen que lo primero es buscar la locación, pero para mí, siendo aficionada, la locación siempre es la misma: el corredor. Lo que de verdad cambia la foto es lo que la persona tiene puesto. Hace un par de semanas, cuando ensayábamos con una vecina, me di cuenta de que si ella se ponía una blusa con demasiados brillantes, la cámara se volvía loca tratando de entender de dónde venía tanto reflejo. Ahora, antes de empezar, me tomo un tinto con mi tía y revisamos el clóset.

Libreta de apuntes fotográficos y un tinto en una mesa de madera rústica.

Le pido colores sólidos. Nada de rayas que marean al sensor ni marcas grandes que parecen publicidad. Buscamos algo que aguante el clima, porque aquí el sudor es parte del retrato, pero no queremos que se note en la ropa antes de tiempo. Para los que apenas están empezando, saber qué ropa para sesión de fotos de retrato elegir en climas cálidos es la primera victoria. Si la ropa no estorba, la expresión fluye. Yo anoto en mi libreta lo que decidimos, como si fuera un post de la oficina, para que no se me olvide el 'look' que funcionó la vez pasada.

El mito de la hora dorada y el carácter del mediodía

En todos los cursos de Hotmart que he ojeado, los fotógrafos se desviven por la hora dorada. Dicen que si no es a las cinco de la tarde, la foto no sirve. Pero ajá, a veces a esa hora ya mi tía está cansada o se fue la luz en el barrio. Un sábado caluroso de mayo me tocó empezar mucho más temprano, con el sol pegando de frente, y descubrí algo: la luz dura tiene su encanto. Si sabes dónde pararte, ese contraste marcado genera retratos con una fuerza que la luz suave de la tarde no tiene.

Olvídate de buscar siempre la luz perfecta y blandita. Planificar sesiones al mediodía con luz dura genera retratos con carácter y contraste que destacan frente a las típicas fotos que todo el mundo sube. Es cuestión de buscar las sombras. Yo marco con un pedacito de cinta en el piso del corredor dónde termina la sombra del techo y empieza el solazo. Pongo a mi tía justo en el borde. Esa división en su rostro, bien marcada, hace que la mandíbula se vea más fuerte, más real. No es la foto de revista de moda, es la foto de alguien que ha vivido bajo este sol.

Cartulina blanca usada como reflector casero contra una pared turquesa bajo el sol.

Para compensar esas sombras que a veces quedan muy negras, uso un truco que aprendí en YouTube: una cartulina blanca grande que sostengo con una mano mientras con la otra intento no soltar la cámara. Es increíble lo que hace un poquito de rebote. Si te interesa probarlo en tu casa, te cuento cómo usar un reflector casero para mejorar retratos con luz natural sin gastar un peso.

Configurar la cámara sin que te tiemble el pulso

Aquí es donde la cosa se pone técnica y yo empiezo a sudar un poquito. Mi cámara tiene un sensor APS-C, lo que significa que tiene un factor de recorte de 1.6x. Mi primo me explicó que mi lente de 50mm en realidad se comporta como uno de 80mm. Al principio no le paré bolas, pero después entendí por qué me tocaba irme hasta el fondo del corredor para que mi tía cupiera entera en el encuadre. Esos detalles son los que uno no sabe cuando compra la cámara y después anda chocando con las paredes.

Mi configuración favorita es abrir el lente a f/1.8. Me encanta ese fondo borroso que hace que la pared vieja de la casa parezca una pintura. Pero ojo, que a f/1.8 el enfoque es una vaina seria. Si te mueves un milímetro, el ojo sale borroso y la nariz nítida, y eso no se lo deseo a nadie. Por eso trato de mantener la velocidad de obturación mínima en 1/125. Así, aunque me tiemble un poco la mano por el calor o por el café, la foto sale quieta. Es uno de esos trucos prácticos para lograr fotos de retrato nítidas con cámaras viejas que me han salvado la vida en varias tardes de junio.

Manos sosteniendo una cámara réflex mostrando un retrato en la pantalla LCD.

Siento el olor a café recién colado mezclándose con el aire húmedo del patio mientras espero que la luz baje un poco más. Es el momento de la verdad. El visor me marca que la exposición está compensada, pero el sudor frío en las manos aparece porque temo que la foto salga movida. Es un miedo de aficionada, supongo, de los que no tenemos mil sesiones encima.

La conexión: 'mírame un momentico, así'

Lo más difícil de organizar la sesión no es el ISO ni el balance de blancos, sino que la persona se olvide de que hay un aparato apuntándole. Mi tía, al principio, se ponía tiesa, como si estuviera sacándose la cédula. He aprendido que hay que hablarles. Le cuento chismes del trabajo, le pregunto por la receta del arroz con coco, cualquier cosa que la haga soltar los hombros.

Hubo un módulo de un curso que vi hace meses sobre dirección de modelos que olvidé por completo a la semana. Era demasiado fingido. Lo que me funciona a mí es pedirle que mire hacia el portón oxidado y que, cuando yo le diga, se voltee despacio. 'Mírame un momentico, así, sin sonreír', le digo. Y ahí, cuando la mandíbula se le ablanda y los ojos se le ponen pesados por el sueño de la tarde, es cuando disparo. Es capturar ese silencio que se hace en Barrio Abajo cuando todo el mundo está haciendo la siesta.

Lente 50mm f/1.8 enfocado con un fondo desenfocado de un patio tropical.

Para lograr esos fondos que parecen de película sin tener un equipo de millones, me ha tocado practicar mucho el manejo de los controles en la oscuridad del corredor. Si quieres intentar lo mismo, te recomiendo leer sobre cómo dominar el modo manual para lograr retratos con fondos desenfocados, porque eso es lo que de verdad separa una foto de celular de una foto que uno quiere imprimir y colgar en la sala.

El cierre y la pantalla de la cámara

Cuando ya la luz se pone muy naranja y las sombras se alargan demasiado, sé que la sesión se acabó. Mis manos están pegajosas y la batería de la Canon ya está pidiendo chete. Es el momento que más me gusta y el que más me asusta: mostrarle el resultado a mi tía. No hay filtros, no hay retoque de CM, no hay nada más que ella y la luz que logré atrapar entre el ventilador que gira lento y las paredes de colores.

Ella se acerca, se pone los lentes y mira la pantalla chiquita. Se queda callada un rato. Se reconoce en esa imagen sin necesidad de poses forzadas, y yo siento que todo el enredo de cables y de configuraciones valió la pena. Al final, organizar una sesión siendo aficionado es eso: crear un espacio donde alguien se sienta visto de verdad. No busco clientes, no busco likes, solo busco ese momento donde la apertura del lente y la apertura del corazón de la otra persona coinciden en una sola captura.

Pantalla de cámara mostrando un retrato terminado en un corredor sombreado.

Mañana será domingo y me tocará volver a planear los posts de la semana, pensando en métricas y en engagement. Pero hoy, mientras guardo la cámara y me tomo el último sorbo de agua de panela fría, me quedo con esa última imagen en la cabeza. La fotografía profesional quizás sea otra cosa, pero esto que hago yo los sábados es lo que me mantiene cuerda.

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